Mientras la lluvia atiere mi
espalda y mi cuerpo extraña tu calor, pienso: ¿Si no podría ser yo quien
comparta el lecho cálido al que nunca faltas? ¿Si no merezco incluso los días
grises de ti y no sólo el sudor de noches frías? Son quejas, siempre quejas mías
que acallas con un beso que me hipnotiza. Si intento liberarme, me atas a
tu cuerpo con tus brazos y me calmas con tu voz; mientras imantas esa sucia cama
con promesas, que tú no crees, pero yo sí. Creo...
Ya no recuerdo con claridad cómo se produjo el
vórtice que me trajo hasta aquí, de pie, con los dientes
castañeando, esperando que puedas huir un momento; mendigando tiempo y rezando para
cometer una vez más ese adorable pecado.
¡Dicen que no te amo! Si por ti he
renunciado a mi ser, mi dignidad y mis valores. Mi cuna perdió frente a tu cama
en una pelea que se decidió cuando nos vimos. Este amor secreto, mudo, sordo,
invisible, que sólo existe en los recovecos de un hotel; es de esas clandestinidades
apasionantes, cuyo atractivo es que en cualquier momento, sin aviso alguno, puede acabar
destruyendo todo con la fuerza implacable del amor que contiene.
Quizá sucumbamos alguna vez en
uno de eso vientos huracanados que creamos al amarnos, o tal vez la lava nos calcine un
día o no podamos regresar de un beso a tomar aire de nuevo. Quizá esta lluvia y este frío
apaguen mi corazón antes que lo incendies de nuevo, o tu adiós y tu olvido me dejen
sin alma en un cuerpo vivo… Pero no. Hoy no. Ya vienes.

