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lunes, 3 de septiembre de 2012

SOBRE EL SENTIMIENTO DE JUSTICIA




Obra de modo que las cosas malas parezcan injustas y no obra de karma o precio por pecado. Compórtate con el otro como si te trataras en un espejo, con las consideraciones y desconsideraciones que piensas merecer. Es mejor creerse víctima de la maldad de los demás que sujeto de interminables expiaciones. Aunque el concepto de justicia es prácticamente irrealizable, es común el sentimiento de su antítesis, que radica en toda alma humana; pero la justicia es como la satisfacción absoluta humana del apetito, que al comer demasiado creemos estar satisfechos, como si de algún modo cargáramos el cien por ciento de  las energías, pero que no contamos con aquella utilizada en el consumo, procesamiento y degradación de los alimentos, que sólo después serán energía; por lo que la satisfacción nunca es completa y como la felicidad, que si existe, dura menos de un segundo en su cúspide, a partir de la cual medimos el resto de nuestras vidas.

miércoles, 15 de agosto de 2012

UNA HISTORIA CUALQUIERA: MANUEL



Por una parte nos enseñan las leyes de la Iglesia y por otro, las de los hombres,
las mujeres confían en la naturaleza de los hombres y nosotros en que todo es cierto.
No hay salida. Dudar no es de hombres.

—¿Acepta a Mónica como su esposa?— Inquirió el padre mientras la audiencia esperaba expectante. Creo que el suspenso lo esperan de la novia en las novelas, pero de ninguno en una boda en la que se supone se aman mutuamente, mucho menos de un hombre seguro como yo. Pensé en que no sabía cómo sería mi vida de ahora en adelante. El control  del tiempo, la exclusividad del cuerpo, la disponibilidad del dinero, lo que se espera de mí… y no sé cuánta cosa que no había contemplado. Lo hago ahora, para mi desgracia, con ese poder misterioso del cerebro para distorsionar el tiempo y crear los segundos más eternos de mi vida.

Mientras miro sus hermosos ojos negros confirmo cuánto la amo, la deseo y quiero estar con ella; pero ¿hasta que la muerte nos separe? De pronto el tiempo se proyectó frente a mí, como si de un camino sin fin se tratara. ¿Cuánto ocurrirá en ese trayecto? Cuando lo que nos obligue a estar juntos, no sea el amor en sí, ni siquiera la biología, sino una cadena invisible, una prisión sin posibilidad de salida, un contrato que no tiene en cuenta la tendencia natural  humana al cambio.

Un hombre no tiene derecho a dudar, a temer, a no querer algo que se supone natural en él. Recuerdo esa primera vez, que sé que nos condena al infierno y que hoy negociamos ante Dios: a mí me enseñaron que las personas sólo se les está permitido acercarse carnalmente luego del santísimo matrimonio, pero también escuché a hombres, como mi padre (hombre unido por este divino lazo desde hace 25 años), por ejemplo, decir: “Pues te la hubieras chingado”, a otro hombre unido bajo el mismo sacramento. Pareciera que el hombre es una bestia que busca sexo, que lo desea, que viviría fornicando si le fuera posible; para mí no lo es, el acto de entrega del cuerpo es un juego de dos, íntimo, místico, especial. Pero tengo prohibido expresarlo. En esa noche, apenas dije “no” y ella se formuló una madeja de teorías sin boca ni cola, cuyos tópicos saltaban entre: su fealdad imaginaria, infidelidad de mi parte, falta de amor, homosexualidad… entre otras que no entendí. Si sólo le hubiera dicho que quería esperar, que quizá era un buen momento para ella, pero no para mí, sus teorías se habrían confirmado, al menos en su cabeza. Sin posibilidad de decidir por nuestra parte, los hombres estamos a su merced; no porque sea un castigo o un sacrificio lo que hacemos en ese momento; pero se siente algo extraño saber que ser hombre es como no tener derecho a elegir sobre nuestra sexualidad, no es natural pensar al respecto; especialmente porque no nos cuestionamos sobre ello, está tan naturalizado que ya no duele, como sí les duele a las mujeres, pero no es por causa de que deba doler, sino que a ellas las condicionaron para creer que duele y a nosotros, no poder decir que quizá duele un poco. Pero si así lo quisiera Dios así sería. Cada quién cumple lo que él ordenó. Así que esto no es verdad.

lunes, 30 de abril de 2012

EXIGENCIA DE SER UNO MISMO


No soy perfecto y nunca he dicho algo semejante. Si yo veo defectos en mí, para los otros debo ser un síndrome de cosas imperfectas. No tengo obligación de ser normal, ni de hacerte feliz, mucho menos de estar contigo.
Soy lo que soy, hago lo que puedo, en la medida de mis virtudes y defectos. No estoy enfermo. No soy una enfermedad que deba erradicarse. Si modifico algo en mí es porque lo deseo, oculto algo de mí que consideras malo y lo hago porque lo decido.
El problema no es problema en aislado, se  vuelve cuando nos unimos. En la soledad, mi mal humor no afecta, mi risa estridente tampoco, ni siquiera las caras extrañas que hago al pensar, que tanto te molestan.
La felicidad depende de hasta qué punto puedes soportar mi imperfección y normalizar mi anormalidad. No cambiamos, sólo decidimos actuar, pensar y sentir diferente, en función de un bien mayor: estar juntos.
A solas soy perfecto, pero no quiero estar solo. Rechazo mi oportunidad a la perfección. Aun así, y lo digo como exigencia a mi inherente derecho de vivir y existir:

¡No quiero ser curado de ser yo mismo!

domingo, 26 de junio de 2011

¿QUIÉN LO MATÓ?




             Por azares del destino, en la misma ubicación geográfica, como por un capricho Superior, se hallaban: un ladrón que no creía ni en leyes ni en justicia alguna; un policía que dormía con el código penal bajo la almohada y un infeliz sin cualidades dignas de mencionar.

            Resumidamente, el primero “mató” al tercero por resistirse a un asalto, mientras el segundo observó a lo lejos sin poder llegar a tiempo.

            Apuntando con una pistola, el segundo grita al primero: «¡Baje el arma, está detenido!». El primero giró en pos al segundo sin demostrar temor, sonrió y prorrumpió: «Disculpe, amable policía, podría decirme, por favor ¿Cuál es el motivo de mi detención?». El segundo, desconcertado, respondió: «“Todavía lo pregunta. Por matar a ese buen hombre». «¡Buen hombre!», inquirió sardónico, «¿Lo conocía?»; «No», respondió; «Entonces, suponiendo que este sujeto, no era un “buen hombre”, ¿Me dejaría ir?»; «¡Qué cosas dice, por supuesto que no!», dijo el segundo; «Entonces, de nuevo, podría decirme por qué me detiene»; «Por matar, ¿está usted drogado o es imbécil?»; «Ninguna de las dos. Es que, le prometo que no comprendo la causa de mi detención. Yo no maté a este hombre.»; «No juegue más conmigo. Yo lo vi y le repito, suelte el arma». «A ver, aclaremos… Usted observó a una imagen de mí apuñalar a la imagen de otro sujeto. Pero no me vio a mí». El segundo sujeto se rascó la cabeza. «Yo, no soy lo que usted vio. Fue sólo una faceta de mí, también soy padre, hermano y esposo… Usted miró a mi mano apuñalar a un hombre y mi mano no soy yo. Si la cortara, seguiría siendo yo ¿o no? En todo caso, mi mano acercó un cuchillo al sujeto, pero ella no tiene el poder de matar. El cuchillo lo hizo. ¡Llévenselo!». «Es usted un tarado, haga el favor de darse la vuelta para asegurarlo. ¡Cómo si los cuchillos pensaran y tuvieran intenciones»;  «Oh, ahora veo, me arrestas por pensar y tener intenciones. Ni hablar, soy culpable, lléveme. Pero no sabía que fuera un crimen eso»;  «Lo encarcelaré por decidir matar a ese hombre»;  «Y si le dijera que yo no lo decidí… Así como lo oye. Muchas cosas en la vida no pasan por decisión de uno. Yo lo iba a asaltar para llevar comida a mi hogar. Ese hombre malo que yace en el suelo, se aferró tanto a su dinero, que me obligó a matarlo. En todo caso, él murió por una serie de decisiones, no por la mía. Yo ni pensé en lo que hacía, cuando reaccioné ya estaba muerto. Siguiendo con las decisiones, yo no decidí ser hombre, tampoco ser pobre, mucho menos decidí tener el aspecto “poco confiable” con el que la gente me califica. No decidí por los que no me contrataron, ni por los que me echaron de la casa ayer. No decidí nacer en la familia que nací, que considera bueno, lo que esta sociedad considera malo. Ni en eso decidí, la sociedad no me preguntó si estaba o no de acuerdo con su leyes. No decidí que este hombre pasara por este sitio forrado de billetes, tampoco que hubiera pocos vigilantes cerca y menos que usted no me viera antes, ni que no corriera más rápido». El segundo se cuestionó al fin, por qué lo detenía: No decidió matar, rompió una ley a la que no dijo que respetaría. No es incumplimiento: «Pero las leyes», se dijo, «garantizan el bienestar de la población, y promueven la justica. ¡Eureka! Justicia era la palabra que buscaba. Ahora, dijo en voz alta: Te detengo para que la Justicia se cumpla». El segundo sonrió al fin y el primero no comprendió por qué sonreía y cuestionó: «¿La Justicia de quién? ¿Del fiambre? El ya no puede hablar, no podemos determinar qué le parecía justo. ¿De la sociedad? ¿Qué mal le hice a ella? ¿De la familia del aludido? ¿Qué de lo que me hagan puede hacer que se borre el mal causado? Y el mal no lo hice yo, yo sólo hice la acción, el mal fue el resultado, porque yo no sé cómo crearlo. Si supiera que lo que me hagan resarcirá el daño que cometí sin desearlo, me entregaría sin cuestionar».

El segundo bajó la cabeza sin comprender por qué hacía lo que hacía: «Porque es mi trabajo», sentenció. «Llevarás a un hombre a la horca segura para cobrar a un muerto. Tu trabajo es una trivialidad que ni tú mismo comprendes»;  «Una muerte por una muerte, ¿suena justo, no?», dijo el segundo. «¿Así que la aritmética es la respuesta para un dilema moral? De cualquier modo, es un alma muerta y cobrarán con un alma viva. Las cuentas no’más no dan. Dos signos negativos no dan un signo positivo en el mundo real; es decir, dos muertes no dan una vida». El segundo se cuestionó cómo proceder: No podía dejarlo ir, cometió un delito; pero tampoco sabía cuál sería el castigo digno. La venganza no es la respuesta y menos una venganza ajena.

            «Está bien. Es tu trabajo y lo comprendo.», el primero se dio la vuelta para que lo maniatara, «Tengo otra pregunta: ¿Qué le pasará a quien ejecute mi muerte?»; «Nada. El verdugo tiene el permiso del Estado, para llevarlo a cabo. Estará haciendo “Justicia”. Aunque eso ya no tenga sentido para mí».

            Las conclusiones del primero, no convencieron al Jurado, aunque dejó a mucho con cara de confusión, pero las leyes son las leyes y en su mayoría funcionan como “si esto, entonces esto”. No hubo nada que hacer. Lo que un enorme libro decía era  «Condena: La horca». El primero no comprendía por qué moriría. La muerte no encajaba en su lógica. No fue criado como los demás y debía pagar por eso. Lloró amargamente la noche anterior a su ejecución y el pueblo completo no pudo dormir. Pero todos observaron el patíbulo al día siguiente.

viernes, 10 de junio de 2011

¿QUIÉN LO MATÓ?


               
             Por azares del destino, en la misma ubicación geográfica, como por un capricho Superior, se hallaban: un ladrón que no creía ni en leyes ni en justicia alguna; un policía que dormía con el código penal bajo la almohada y un infeliz sin cualidades dignas de mencionar.

            Resumidamente, el primero “mató” al tercero por resistirse a un asalto, mientras el segundo observó a lo lejos sin poder llegar a tiempo.

            Apuntando con una pistola, el segundo grita al primero: «¡Baje el arma, está detenido!». El primero giró en pos al segundo sin demostrar temor, sonrió y prorrumpió: «Disculpe, amable policía, podría decirme, por favor ¿Cuál es el motivo de mi detención?». El segundo, desconcertado, respondió: «“Todavía lo pregunta. Por matar a ese buen hombre». «¡Buen hombre!», inquirió sardónico, «¿Lo conocía?»; «No», respondió; «Entonces, suponiendo que este sujeto, no era un “buen hombre”, ¿Me dejaría ir?»; «¡Qué cosas dice, por supuesto que no!», dijo el segundo; «Entonces, de nuevo, podría decirme por qué me detiene»; «Por matar, ¿está usted drogado o es imbécil?»; «Ninguna de las dos. Es que, le prometo que no comprendo la causa de mi detención. Yo no maté a este hombre.»; «No juegue más conmigo. Yo lo vi y le repito, suelte el arma». «A ver, aclaremos… Usted observó a una imagen de mí apuñalar a la imagen de otro sujeto. Pero no me vio a mí». El segundo sujeto se rascó la cabeza. «Yo, no soy lo que usted vio. Fue sólo una faceta de mí, también soy padre, hermano y esposo… Usted miró a mi mano apuñalar a un hombre y mi mano no soy yo. Si la cortara, seguiría siendo yo ¿o no? En todo caso, mi mano acercó un cuchillo al sujeto, pero ella no tiene el poder de matar. El cuchillo lo hizo. ¡Llévenselo!». «Es usted un tarado, haga el favor de darse la vuelta para asegurarlo. ¡Cómo si los cuchillos pensaran y tuvieran intenciones»;  «Oh, ahora veo, me arrestas por pensar y tener intenciones. Ni hablar, soy culpable, lléveme. Pero no sabía que fuera un crimen eso»;  «Lo encarcelaré por decidir matar a ese hombre»;  «Y si le dijera que yo no lo decidí… Así como lo oye. Muchas cosas en la vida no pasan por decisión de uno. Yo lo iba a asaltar para llevar comida a mi hogar. Ese hombre malo que yace en el suelo, se aferró tanto a su dinero, que me obligó a matarlo. En todo caso, él murió por una serie de decisiones, no por la mía. Yo ni pensé en lo que hacía, cuando reaccioné ya estaba muerto. Siguiendo con las decisiones, yo no decidí ser hombre, tampoco ser pobre, mucho menos decidí tener el aspecto “poco confiable” con el que la gente me califica. No decidí por los que no me contrataron, ni por los que me echaron de la casa ayer. No decidí nacer en la familia que nací, que considera bueno, lo que esta sociedad considera malo. Ni en eso decidí, la sociedad no me preguntó si estaba o no de acuerdo con su leyes. No decidí que este hombre pasara por este sitio forrado de billetes, tampoco que hubiera pocos vigilantes cerca y menos que usted no me viera antes, ni que no corriera más rápido». El segundo se cuestionó al fin, por qué lo detenía: No decidió matar, rompió una ley a la que no dijo que respetaría. No es incumplimiento: «Pero las leyes», se dijo, «garantizan el bienestar de la población, y promueven la justica. ¡Eureka! Justicia era la palabra que buscaba. Ahora, dijo en voz alta: Te detengo para que la Justicia se cumpla». El segundo sonrió al fin y el primero no comprendió por qué sonreía y cuestionó: «¿La Justicia de quién? ¿Del fiambre? El ya no puede hablar, no podemos determinar qué le parecía justo. ¿De la sociedad? ¿Qué mal le hice a ella? ¿De la familia del aludido? ¿Qué de lo que me hagan puede hacer que se borre el mal causado? Y el mal no lo hice yo, yo sólo hice la acción, el mal fue el resultado, porque yo no sé cómo crearlo. Si supiera que lo que me hagan resarcirá el daño que cometí sin desearlo, me entregaría sin cuestionar».